¿Cuánto contenido debe incluir una formación? El suficiente para que el estudiante alcance el nivel de competencia buscado: ni más para impresionar ni menos para aligerar artificialmente.
A menudo se dice que hay que simplificar: eliminar lo superfluo, evitar la sobrecarga cognitiva y centrarse en lo esencial. Es cierto. Pero aplicar este principio de forma demasiado simple puede llevar a otro error: confundir simplificación con empobrecimiento.
La verdadera pregunta no es, por tanto, «¿Cuánto contenido puedo quitar?», sino «¿Hasta dónde debo llevar al estudiante?».
El nivel esperado determina el contenido necesario
Existe una diferencia importante entre reproducir un procedimiento, ejecutarlo de forma autónoma, comprender sus principios, elegir entre varias opciones, adaptarse a una situación nueva, resolver un problema o incluso anticiparlo.
Imitar → Ejecutar → Comprender → Elegir → Adaptar → Resolver → Anticipar
En las primeras etapas del aprendizaje, la imitación es plenamente legítima. El estudiante observa, reproduce y desarrolla sus primeros automatismos. Una demostración clara, un modelo y algunas oportunidades de práctica pueden ser suficientes.
Para adquirir autonomía, deberá comprender qué hace y por qué. Después tendrá que aprender a elegir y adaptarse cuando la realidad ya no coincida exactamente con el modelo enseñado. Cuanto mayor sea el nivel esperado, más deberá el contenido apoyar el razonamiento, el juicio y la transferencia a situaciones diferentes.
Un mismo tema puede exigir formaciones muy distintas
Imaginemos a tres personas formadas para utilizar el mismo equipo. La primera debe aplicar un procedimiento preciso bajo supervisión. La segunda debe trabajar sola y reconocer algunas situaciones inusuales. La tercera debe diagnosticar problemas, decidir una intervención y prevenir fallos.
El tema es el mismo. El objetivo no. Por tanto, el contenido no puede ser idéntico.
Dar a estas tres personas la misma formación «completa» puede producir dos efectos opuestos: demasiados detalles para quien solo debe ejecutar y poca profundidad para quien debe analizar y decidir.
Saber, saber hacer y saber ser al servicio de una competencia
Es aquí donde el saber, el saber hacer y el saber ser adquieren sentido. No son tres listas de casillas que completar. Su importancia relativa depende de la competencia buscada.
- El saber permite comprender los conceptos, los principios, las reglas y el contexto.
- El saber hacer permite poner en práctica los métodos, las técnicas y los procedimientos.
- El saber ser moviliza las actitudes, los comportamientos y el juicio necesarios en la realidad profesional.
Una persona que debe seguir un procedimiento necesitará cierto equilibrio entre estas dimensiones. Quien deba elegir entre varias opciones o intervenir en una situación compleja necesitará otro equilibrio.
Evaluar la función y no solo la pertinencia
Por eso, en lugar de preguntar «¿Es necesario este contenido?», prefiero preguntar: «¿Qué función cumple este contenido en el desarrollo de la competencia buscada?».
Un contenido puede ser exacto, interesante y estar totalmente relacionado con el tema sin contribuir realmente al aprendizaje buscado. A la inversa, una explicación que no es indispensable para reproducir una acción puede resultar esencial para comprenderla, adaptarla y desarrollar autonomía.
Para cada elemento considerado, podemos preguntar:
- ¿Permite comprender algo que deberá ponerse en práctica?
- ¿Ayuda a practicar o a recibir retroalimentación útil?
- ¿Crea una conexión necesaria entre varios conocimientos o acciones?
- ¿Ayuda a elegir, valorar o decidir?
- ¿Prepara para la adaptación, la resolución de un problema o la anticipación?
El contenido adecuado no solo es pertinente para el tema. Es pertinente para el aprendizaje buscado.
Encontrar lo justo y necesario
Demasiado contenido puede ocultar lo esencial, aumentar la carga cognitiva y reducir el impacto de la formación. Muy poco puede impedir la comprensión, limitar la autonomía y dejar al estudiante sin referencias en cuanto cambia la situación.
El trabajo del diseñador instruccional no consiste en llenar una formación ni en vaciarla. Consiste en definir el nivel esperado a partir de la realidad del estudiante y elegir después las explicaciones, los ejemplos, las prácticas y la retroalimentación que le permitan salvar la distancia entre ambos.
Una formación no es completa en términos absolutos. Lo es cuando permite alcanzar la competencia buscada con el nivel de profundidad adecuado.
